En una planicie a orillas del río Murindó se encuentra Isla, una comunidad compuesta por una pequeña aglomeración de casas de madera rodeada de verdes montañas cubiertas de bosque tropical. Temprano por la mañana sale de las casas un hilo de humo que proviene del fuego usado para cocinar los alimentos. Se come maíz, yuca y plátano, pescado del río o carne de la cacería en la montaña. En las familias se escucha hablar en Embera, también en la escuela y en las reuniones donde se decide el manejo del territorio y las problemáticas más trascendentes de la comunidad. Para el pueblo indígena Embera Katío la lengua y la cultura ancestral están vivas e impregnan todos los aspectos de la vida de sus habitantes.
El sentir Embera entiende la relación con su entorno como un equilibrio donde todo lo necesario para vivir se encuentra a disposición dentro del territorio. Del bosque viene la madera para construir las casas y para cocinar, también el alimento y la medicina que se encuentra en la infinidad de plantas. Es el hogar de los animales que los jóvenes aprenden a cazar para alimentar a la comunidad.
No muy lejos del pueblo, a una hora de camino, se encuentran las plantaciones de yuca, plátano, ají y maíz que son sembradas, cuidadas y cosechadas para comer en casa o para ser intercambiadas. El río provee la pesca y también es la conexión de transporte y de comunicación con otras comunidades. El agua lo recorre todo llenando de vida la tierra, por eso es sagrada para la cultura Embera.
Cecil Tapí es docente en la escuela de Isla y transmite los valores de su cultura en sus enseñanzas:
-Sabemos y entendemos que en el territorio está todo y nos da todo. No solamente el territorio nos presta la comida, sino sabemos que en el territorio está el agua y el Embera no vive sin el agua.
Llegar o salir de la comunidad de Isla representa un viaje que no solo es una travesía en el espacio, pues también parece un viaje en el tiempo. Un viaje a un lugar donde aún vive una lengua milenaria que ha resistido a la violencia de la colonización y al influjo de la modernidad. Un lugar donde la ausencia de automóviles y de internet mantiene un ritmo de vida pausado, marcado por la importancia de cultivar la comida, de conseguir la pesca del día, de preparar los alimentos, de jugar, de nadar en el río y de compartir.
La comunidad de Isla se encuentra en un lugar remoto. Para quien vive allí, el camino hasta la capital de Colombia es dispendioso y costoso. Primero se deben sortear los meandros del pedregoso río Murindó en una canoa de motor que constantemente se atasca en los lugares menos profundos. Luego se aborda una lancha con poderosos motores que navega la inmensidad del río Atrato durante dos horas. Al llegar a un puerto improvisado se cambia a transporte terrestre y se avanza por una vía sin pavimentar durante un par de horas más. Finalmente, se llega a una moderna vía que conduce al aeropuerto de Apartadó. Desde Apartadó se vuela a Medellín y de Medellín a Bogotá.
Aunque parezca lejano e inaccesible, a este idílico lugar ha conseguido llegar el conflicto armado colombiano. Diferentes grupos se han instalado en la región y se disputan el control de un territorio donde se han hecho fuertes las economías ilegales. Por los ríos, las planicies y las montañas del Urabá han circulado, ya durante décadas, grupos de hombres fuertemente armados de diferentes organizaciones criminales, que se enfrentan constantemente entre sí y que también chocan con las fuerzas militares del estado. En medio del fuego cruzado y de la violencia se encuentran las comunidades y la población civil